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Noticia
Enseñanza del lenguaje y ética de la comunicación
Conversando con Carlos Lomas en torno a su libro El poder de las palabras

México

/ 20 de junio 2018

¿Qué lo motivó a escribir esta obra?

El origen de este libro está en mi voluntad de saldar la deuda de gratitud que he tenido y tengo con el magisterio latinoamericano al cabo de tantos años de conversaciones, ilusiones y afanes utópicos. Desde hace mucho tiempo sé que mis patrias (o, quizá mejor, mis matrias) están a este lado del océano, en especial en Colombia y en México. En gratitud por tantos años de encuentros, diálogos y utopías educativas y sociales, les debía este libro a las maestras y maestros latinoamericanos. Que el libro haya aparecido en Colombia, México y Chile y esté en las manos de tantas maestras y maestros latinoamericanos me emociona y me produce un inmenso gusto.
El libro expresa mi voluntad de argumentar a favor de un enfoque comunicativo y sociocultural de la enseñanza del lenguaje y de la literatura, que se oriente no solo a enseñar un cierto saber cosas sobre una lengua sino también y sobre todo a enseñar un saber hacer cosas con las palabras. Colombia es en este sentido pionera en la adopción de este enfoque desde textos oficiales del MEN de 1984, antes de que unos años después en España y en otros países latinoamericanos se adoptara de manera oficial en los currículos lingüísticos.

El prólogo de El poder de las palabras se inicia contando que, en las últimas décadas, la educación lingüística y literaria refleja una evidente transformación, tanto en lo que respecta a la formación didáctica de los docentes de lenguaje, como a su quehacer práctico en las aulas. ¿De qué forma puede este libro contribuir a esa transformación y dar elementos prácticos para que se siga generando ese cambio de forma positiva?

Esa transformación a la que hago referencia en las primeras páginas del libro se refiere al hecho de que la inmensa mayoría de los países de Europa y Latinoamérica (insisto en que Colombia es pionera desde el año 1984), los currículos lingüísticos y literarios y los lineamientos curriculares adoptan un enfoque comunicativo y sociocultural que entiende que el objetivo de la enseñanza del lenguaje no es solo enseñar gramática sino también y sobre todo enseñar competencias comunicativas. De hecho, desde hace décadas nadie en la investigación en didáctica del lenguaje defiende ya el enfoque gramatical de las enseñanzas lingüísticas.

En algunas páginas del libro hablas de la emancipación comunicativa de los estudiantes. ¿Cómo llegar a esa emancipación sin tergiversar lo que se está enseñando, sin confundir esa enseñanza emancipadora con una enseñanza dominante que es la que tradicionalmente se ha dado en los colegios o instituciones latinoamericanas? ¿Tiene que ver con lo que denominas una ética democrática de la comunicación?

El concepto de emancipación comunicativa lo acuñamos hace ya tiempo la profesora Amparo Tusón y yo con el objetivo de ampliar el concepto de competencia comunicativa, que es el concepto que orienta los enfoques comunicativos de la educación lingüística. El concepto de competencia comunicativa surge en los años sesenta y setenta del siglo pasado en el contexto de los estudios de disciplinas como la antropología lingüística, la sociolingüística y la etnografía de la comunicación de la mano de autores como Hymes y Gumperz. Otros autores, como Canale y Swain, desglosan ese concepto con una finalidad didáctica y aluden a una serie de competencias gramaticales, textuales, sociolingüísticas y estratégicas (y yo añadiría literarias y mediáticas) que forman parte de la competencia comunicativa de las personas. Sin embargo, a menudo el concepto de competencia comunicativa ha sido objeto de una interpretación muy técnocrática, es decir, aludiendo a técnicas y destrezas prácticas en el uso del lenguaje sin que ello traiga consigo una conciencia meta comunicativa en torno a lo que el lenguaje significa en la vida de las personas y a los efectos que tiene ese uso en la construcción subjetiva y cultural de las identidades humanas.

¿Cómo contribuye la educación literaria al desarrollo de las habilidades necesarias en el siglo XXI, como las habilidades interpretativas y creativas, y al desarrollo de las competencias literarias?

La competencia literaria forma parte de la competencia comunicativa o, si se quiere, de la competencia cultural de las personas. No hay que olvidar que para la mayoría de la población la escuela es el único escenario en el que es posible acercarse a la experiencia literaria. Una minoría se acercará a esa experiencia a través de otros canales, como por ejemplo la familia. Si el papá y la mamá de un niño o de una niña son lectores habituales y leen a menudo en una casa enla que abundan los libros, es más probable que ese niño o esa niña acabe leyendo, ya que tiene un contexto favorable. Pero para la inmensa mayoría de la población la literatura es algo que solo va a conocer en la escuela y solo la escuela le brindará esa oportunidad y el derecho a disfrutar de la experiencia literatura. La educación literaria es esencial en la enseñanza del lenguaje, pero no porque haya un canon literario que afirme que haya que preservar el carácter sagrado y excelso de los textos literarios sino porque la experiencia literaria forma parte de los derechos humanos ya que abre interrogantes, fomenta la creatividad, estimula la fantasía, muestra otras maneras de ver y de hacer el mundo, invita a la empatía del lector con los argumentos y los personajes, desarrolla habilidades específicas de tipo interpretativo, abre el horizonte de expectativas del lector… Por ello acercar al alumnado a la experiencia literaria es esencial en la escuela.

De alguna manera leer textos literarios es leer el mundo en el que vivimos, es acercarnos a una lectura de un mundo cambiante y a la vez leernos a nosotros mismos. ¿De qué forma el poder de la palabra hace posible esa lectura de un mundo cambiante y esa transformación?

Los textos literarios, como otros tipos de textos, permiten, como dices, entender mejor la complejidad del mundo en el que vivimos e incluso la complejidad de los mundos de ficción en los que no vivimos, pero en los que habitamos cuando leemos. Estos relatos de ficción, que tienen que ver con épocas y lugares que no han sido ni son, como El señor de los anillos o Game of Thrones, nos sitúan en mundos complejos, cambiantes, donde los conflictos entre las personas y los grupos humanos aparecen de una manera diferente a como aparecen en las ficciones enraizadas en épocas y lugares reales. Ese contraste entre lo real y lo irreal, entre lo verdadero, lo verosímil e incluso lo inverosímil, nos ofrece claves para entender el mundo en el que vivimos.

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